En los momentos de la vida en los que nos sentimos desanimados por el futuro o decepcionados por las personas más cercanas a nosotros, puede suceder algo repentino e inesperado, capaz de dar sentido a todo y transformar ese desencanto en alegría e incluso en nueva paz dentro y fuera de nosotros.

A veces es una experiencia tan personal y profunda que nos da el valor de salir de nosotros mismos y compartir el motivo de nuestra alegría con los demás, como para animar a todos a revivirla, no sólo individualmente sino también como grupo. Quién sabe, tal vez ésta se convierta en nuestra misión: llevar la alegría que es fruto de una transformación interna y que, a su vez, transforma nuestro entorno, renovándolo.

Sin embargo, ante el impulso inicial, ese sentimiento de poder “conquistar el mundo”, la realidad resulta difícil de afrontar y los compromisos se vuelven difíciles de cumplir. ¿Dónde encontrar la fuerza para no rendirnos y ser siempre portadores de alegría y paz? ¿Cómo no dejarnos vencer cuando a nuestro alrededor parece que la humanidad ha fracasado como tal?

Puede ayudar tener una mirada diferente de las situaciones, lo que significa buscar todo lo positivo en las circunstancias, sin ingenuidad, pero yendo más allá de las apariencias y encontrando la fuerza para no desanimarse. Descubriremos que si cambiamos la forma en que miramos las cosas, las cosas que miramos cambian. Se trata de emprender una lucha diaria por el ideal de un mundo renovado.

Podemos encontrar fuerza reuniéndonos con aquellas personas que, como nosotros, no se resignan a la status quo, pero que se unen para ser instrumentos de cambio.

En particular en este período histórico, es esencial mirar ante todo dentro de nosotros mismos, escuchar nuestra conciencia, que en cada momento nos sugerirá cómo actuar o qué palabras compartir, para que, estando cerca de los demás, compartiendo sus aspiraciones, abra nuevos caminos para la renovación de la sociedad.