Para que tenga lugar la comunión mutua, debemos "permanecer" en un amor activo, dinámico y creativo. Debemos amarnos unos a otros, dispuestos a dar la vida, dispuestos a compartir nuestros bienes con todos aquellos que los necesitan.

Este es un anuncio alto y claro incluso hoy para nosotros, que a veces nos sentimos superados por acontecimientos impredecibles y difíciles de controlar, como la pandemia y otras tragedias personales o colectivas. Nos sentimos perdidos y asustados porque existe una fuerte tentación de cerrarnos, de levantar muros para protegernos de quienes parecen amenazar nuestra seguridad, en lugar de construir puentes para encontrarnos con nosotros mismos.

¿Cómo es posible seguir creyendo en el amor en estas circunstancias? ¿Aún es posible amar?

Josiane, libanesa, se encontraba muy lejos de su país cuando se enteró de la terrible explosión en el puerto de Beirut en agosto del año pasado. Le confió a alguien que, como ella, vive la IDEA DEL MES: "Sentí un fuerte dolor, ira, angustia, tristeza y consternación en mi corazón. Y sentí fuertemente una pregunta: ¿no era todo esto suficiente?o que el Líbano ha experimentado hasta ahora? Pensé en ese barrio destruido donde nací y viví; eli ahora familiares y amigos han muerto, o han resultado heridos o desplazados. ELi donde hospitales, edificios, escuelas, que conozco muy bien, han sido destruidos. Intenté hacer sentir mi cercanía a mi madre y a mis hermanos, responder a los numerosos mensajes que me mostraban su cariño y sus oraciones, escuchando a todos en esta profunda herida abierta. Me gustaría creer -y lo creo- que estos encuentros con quienes sufren constituyen una llamada a responder con actos concretos de amor. Más allá dea entre lágrimas, descubrí una luz en muchos libaneses, a menudo jóvenes, que se levantaban, miraban a su alrededor y ofrecían su ayuda a los que estaban en dificultades".

Una preciosa sugerencia para vivir esta IDEA nos la ofrece Chiara Lubich cuando nos dice que en el lugar en el que nos encontramos debemos tratar de amar a los demás, a quienes nos rodean. Así podremos experimentar un efecto inusual e inesperado: nuestra alma se llenará de paz, de amor y también de pura alegría, de luz. Enriquecidos con esta experiencia podremos ayudar más eficazmente a todos nuestros hermanos para que encuentren en medio de sus lágrimas motivos de alegría que puedan transformar pacíficamente lo que nos atormenta. Así seremos instrumentos de alegría para muchos, de felicidad, de esa felicidad a la que aspira todo corazón humano.