Desde la antigüedad, la humanidad ha cultivado el deseo de conocer el futuro, a través de ritos mágicos o la interpretación de los signos de la naturaleza. Algunas de las mayores obras de la antigüedad de diferentes culturas y religiones están atravesadas por esta tensión. A menudo nacen en períodos históricos de mayor sufrimiento para un pueblo.

¿Pero es realmente útil saber qué pasará? ¿Qué nos ofrece saber de antemano los acontecimientos que viviremos, o la forma en que los viviremos? Ninguna de las tradiciones legendarias lo revela plenamente y, más a menudo, el simbolismo oculta la búsqueda y la expectativa muy concreta de un mañana mejor que da sentido al sufrimiento de hoy.

Se podría decir que, cuando las cosas van bien, el futuro no nos preocupa; mientras que cuando las cosas van mal, nos apoya y alienta la esperanza de que mañana puedan cambiar para mejor. Es la profunda necesidad de esperar un mundo nuevo y diferente, no sólo para mí, sino para todos.

El mundo de hoy expresa un "grito" que concierne a toda la humanidad. Aunque no nos afecte directamente, basta con ver las noticias o hojear los periódicos para darnos cuenta de tragedias de todo tipo. ¿Cómo los vivimos? ¿Nos acostumbramos e intentamos sobrevivir o, por el contrario, nos dejamos cuestionar por el futuro y actuamos en consecuencia?

El mundo que imaginamos ciertamente no existe todavía; y, sin embargo, como recordó George Orwell, es posible. ¿Pero cuál de los mundos posibles? ¿Qué podemos hacer? Encontramos una respuesta en el pensamiento de Albert Camus: «La verdadera generosidad hacia el futuro consiste en darlo todo por el presente»1

Por lo tanto, el futuro no es sólo algo que hay que esperar, sino que puede prepararse y, en cierto sentido, anticiparse ahora. Depende de nuestra actitud y de nuestras acciones diarias. No sabemos cuándo veremos los frutos del cambio: es como una semilla silenciosa que crece sin que nos demos cuenta y que, con el tiempo, se convierte en una planta capaz de nutrir, proteger y generar vida a su alrededor.

La sorpresa es que no podemos imaginar las consecuencias: la novedad está asegurada. Será un futuro impredecible, nacido de relaciones transformadas, de sentimientos compartidos y de una solidaridad que se convierte en acción.

Para convertirnos en impulsores de cambio y renovación de la sociedad necesitamos valentía, dejarnos interpelar por quienes sufren, por quienes están solos, por quienes necesitan nuestra ayuda o nuestro consejo. No nos libraremos de dificultades y luchas internas, pero también habrá momentos de alegría y auténtica plenitud.

Recientemente se ha celebrado en Florencia un acto para sensibilizar e implicar a los participantes en una caravana de fraternidad: una oportunidad para reflexionar y compartir experiencias sobre cómo construir un futuro de paz desde diferentes ámbitos: económico, sindical, de reconversión industrial, ecológico, etc. Una acción que queremos extender como la pólvora a otras ciudades y pueblos.

¡Coraje! somos actores y no espectadores, para que el futuro sea un presente de hermandad, concordia y paz.